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Wed, Jun

Terrorismo y “lobos solitarios”: Una explicación más social que fundamentalista

Los reiterados ataques terroristas en Europa vuelven a poner los nervios de punta en Occidente. Como reacción, algunos líderes como Donald Trump agitan la idea de estar en presencia de un terrorismo basado en el odio político y en la venganza religiosa. Pero lo cierto es que los especialistas en temas de terrorismo internacional tienen argumentos muy distintos.

 

En las cuestiones de fondo que explican el accionar terrorista de grupos como Estado Islámico y Al Qaeda aparecen, antes que nada, los yerros políticos de las potencias mundiales, especialmente las europeas más Estados Unidos. Sus desmanejos en Medio Oriente, en la crisis humanitaria del norte de África, en la invasión de Irak y Afganistán, la crisis de Siria… Hay un combo de episodios internacionales que son caldo bien espeso para la germinación de un odio político, tamizado por lo religioso. Hasta aquí, nada nuevo. 

Pero el fenómeno de los lobos solidarios va un poco más allá. Desnuda la realidad de vastas sociedades occidentales, como las europeas, que vienen cobijando entre su población a cientos de miles de personas que quedan marginadas de toda posibilidad de integración social. Son sociedades que, además, vienen recibiendo nutridos contingentes de inmigrantes que escapan, generalmente, de conflictos sociales, políticos y económicos en los que, de modo paradójico, los países occidentales tuvieron su cuota de responsabilidad. Por acción u omisión. 

Europa hoy es caja de resonancia de conflictos sociales subterráneos que, cada tanto, explotan como revueltas sociales o bien, como ataques terroristas perpetrados por anónimos atacantes suicidas, inorgánicos, no necesariamente enlistados y entrenados por organizaciones terroristas. 

Hoy la invitación a sembrar el terror viaja por Internet, mediante las múltiples comunicaciones que ofrecen las redes sociales. Esa propuesta de aniquilar a la cultura occidental hoy no sólo es aceptada por los yihadistas que se trasladan muchos kilómetros para cometer sus ataques. Hoy los soldados de la causa terrorista son reclutados en sus propios países.

En tanto, en nuestro patio trasero latinoamericano, miramos como espectadores este fenómeno, mientras albergamos en nuestras sociedades un mar social, subterráneo y aparentemente silencioso, en el que profundas capas de nuestra población intentan salir a la superficie con pocas o nulas oportunidades. Son movimientos de capas sociales desiguales y marginadas, en donde también se cocinan odio, violencia y resentimiento ante la cultura dominante, con recurrentes explosiones reflejadas especialmente mediante el delito y la violencia social. 

Es en ese líquido en donde, por ejemplo, emergen los soldados de los narcos, los jóvenes sin opciones a la vista que optan por abrazar la causa del tráfico de drogas, con consecuencias muchas veces mortales incluso para ellos mismos.

Como siempre sostenemos: hoy la desigualdad es un problema infinitamente mayor que la pobreza. Las distancias hoy marcan barreras de distancia y odio mutuo. Unos quieren exterminar a otros. El odio ideológico y de clase pasa en algún momento a la acción física, al golpe artero al otro visto como enemigo. La institucionalización de la violencia en Colombia, primero, y en México después son dos muestras acabadas de lo que significa este fenómeno. 

Hoy el terrorismo fundamentalista se sirve de soldados desperdigados entre las propias sociedades europeas. En nuestra América Latina, esos soldados hoy terminan en las estructuras delictivas más variadas, especialmente las vinculadas al narcotráfico.

Unas y otras sociedades, en definitiva, están crujiendo en sus bases mientras de entre las grietas de sus cimientos emerge el odio como magna social.

Un aporte invalorable a esta cuestión de nuestras sociedades desiguales es el del premio Nobel de Economía, Angus Stewart Deaton, Este investigador escocés mereció semejante galardón por sus trabajos sobre consumo, pobreza y bienestar. 

 

Angus Deaton dice:

“Yo no creo que a la gente le caiga tan mal la desigualdad como la percepción de que otros salen adelante tomando atajos. A veces, el problema no es que mi vecino tenga más que yo, sino la forma como lo obtuvo. Hablo de la corrupción, por supuesto. Y en esa categoría incluyo no solo a quien se apropia de fondos públicos sino a los que capturan rentas o forman parte de lo que se conoce como el ‘capitalismo de amigos o de connivencia’”. 

Con esta contundente definición de este notable premio Nobel de economía, ganado en 2015, las cosas se van poniendo más claras. Pobres siempre hubo, desigualdades, también… La cuestión hoy pasa por modos de ganarse la vida y salir adelante. 

El cóctel de pobreza, desigualdad, corrupción y capitalismo de amigos parece terminar de fraguar el concreto sobre el que se apoya nuestra sociedad, en la que se observa la desconfianza mutua y de reproche recíproco entre los que pueden acceder a las bondades del sistema y los que quedan marginados.

Estamos en un mundo de desigualdades, en el que aún no hay convicción para acortar dichas distancias. En el mientras tanto, esta brecha alimenta resquemores, odios y agresiones. Tanto en Europa como en nuestros países en desarrollo, esos mundos en colisión son una realidad. 

La moraleja es que, a pesar de los enormes progresos sociales durante el último siglo, seguimos teniendo sociedades mal integradas. Los que no logran entrar a ella, están siendo reclutados por el negocio del terrorismo en Europa.

Ojalá que en estas tierras del subdesarrollo esos mismos que no son parte del sistema no abracen causas basadas en el odio y en el resentimiento. El único modo de poder evitarlo es disponga cada vez de más y mejores recursos públicos para lograr una inclusión social efectiva, basada en la generación de oportunidades igualitarias, con especial atención en los sectores sociales más vulnerables.

Que nuestra América Latina destine apenas el 10 por ciento de sus recursos para acción social es un mal dato para lograr dicha inclusión, más aún a la luz de lo que hacen sociedades desarrolladas como las europeas que aportan más del 30 por ciento de los recursos estatales a ayuda social, o más de 20 por ciento en los Estados Unidos.

El continente que peor reparte sus ganancias, el nuestro, no puede seguir mirando como ajeno un problema que también es propio. 

Diego Corbalán
Analista de CECREDA

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